martes, agosto 29, 2006

Recuerdos de la lectura escolar del Quijote [I]


EL PRIMER “QUIJOTE”

Tengo aquí el pequeño librito, de poco más de trescientas páginas. Está desencuadernado, pero por los demás se conserva bastante bien. La portada reza “Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha por Edelvives. Edición escolar. Editorial Luis Vives” y en la contraportada, bajo el “nihil obstat” de un censor eclesiástico franquista que al parecer no tuvo nada que objetar a la obra cervantina, figura como lugar de impresión “Casaraugustae, 20 martii 1958”. Con una letra trabajosa y rebelde, que se dispara ora a derecha, ora a izquierda, he escrito a lápiz “Martes y viernes”.
Así que fue en las tardes colegiales de los martes y viernes de uno o dos cursos académicos cuando leí por primera vez el Quijote, en una lectura que hubiese encantado a Cervantes: como los lectores del El curioso impertinente, que se agrupaban en la venta en torno a uno de los viajeros para escucharle leer la novela, nosotras, niñas de colegio, nos agrupábamos en la clase para escuchar el Quijote: una leía en voz alta mientras las demás oían; aunque en nuestro caso ese papel de oyentes de literatura estaba un poco contaminado también por la escritura, porque mientras una leía, las demás seguíamos el texto con los ojos, en nuestros propios ejemplares de la obra.
Es una edición escolar, pero no es una edición para imbéciles ni una versión infantilizada del clásico; el texto está drásticamente abreviado, pero no profanado. Allí don Quijote, Sancho, los demás personajes e incluso el narrador hablan con su propia voz, sin excusarnos ni un arcaísmo, ni un hipérbaton. [...]
Esto lo leíamos con ocho o nueve años; desde luego, yo no tenía aún los diez, porque con diez años recién cumplidos empecé el bachillerato en un instituto de enseñanza media, lo cual quiere decir que abandoné aquel colegio. Y recuerdo que entendíamos el texto, pese a sus expresiones antiguas y a su tono literario, solo algunas veces solemne, pero la mayor parte irónico o humorístico y en muchas ocasiones melancólico: matices que seguramente nosotras no captábamos cabalmente, pero que iban calando poco a poco en nuestra conciencia lectora.
Para facilitar la compresión del texto hay unos recuadros que, colocados al principio y al final del capítulo, ofrecen un resumen de su contenido, junto con observaciones sobre el tono o dicción con que han de leerse, y proponen prácticas sobre el texto, que van desde observaciones sobre la prosodia o ejercicios gramaticales, hasta preguntas de ortografía, temas de redacción u observaciones sobre el léxico. No recuerdo, sin embargo, que la profesora nos obligase a hacer esos ejercicios; más bien creo que nos limitábamos a leer y a escuchar, y así el texto se iba abriendo poco a poco ante nuestros ojos (ante nuestros oídos) como una fruta madura.
A la comprensión debían de contribuir sin duda las bien escogidas ilustraciones. Nada de cómics ni de dibujitos infantiloides: en cada capítulo, la reproducción de uno o dos de los magníficos grabados de Gustavo Doré (que recuerdo que a mí me parecían un poco inquietantes, un poco agobiantes en su exuberante detallismo) e, intercalados con el texto, algunos grabados muy ilustrativos [...] : un huso, una pretina, una tolva, un silbato de cañas o una visera [...], un yelmo, un morrión y una celada de encaje [...]. En una página está representado un castillo, con sus partes indicadas con rótulos (torre flanqueada, almenas, garita, puente levadizo, rastrillo, chapitel, capilla, torre del homenaje) para que pudiéramos entender qué veía o creía ver don Quijote cuando confundía con castillo la simple venta del camino. En otro lugar, una armadura nos muestra sus piezas sin ningún pudor lingüístico, sin ningún temor a aquellas palabras para nosotras nuevas, hermosas e inútiles para la vida cotidiana a mediados del siglo XX; nunca íbamos a ver a nadie con armadura por la calle, así que las piezas de la armadura se nos ofrecían para satisfacer un mero afán de saber por saber, no para ningún fin utilitario: celada, gola, collarete, bufa, peto, guardabrazo, ristre, brazal, codal, guantelete, escarcela, rodillera, grebas, escarpe, quijote.

Paloma DÍAZ-MAS, Como un libro cerrado, Barcelona, Ed. Anagrama, 2005, pp. 97-100.

No hay comentarios.: